LA CUEVA DE SANTODOMINGO

Martes, Noviembre 15, 2016 - 10:30

En Popayán todo se pierde, menos la ingeniosa habilidad que tienen los patojos para hacer caricaturas sobre el diario acontecer de la provincia, solo superada por la pluma prodigiosa del tuerto López que se burló de la pompa y desacralizó lo trascendente con el lenguaje corrosivo que disolvió lo sacro, lo fatuo, lo místico, para volverlo coloquial y burlesco. 

En ese marco costumbrista cuentan relatores de café que, en épocas no muy lejanas, un campesino arriaba sus acémilas por las calles empedradas de la ciudad procera utilizando su fuete y sus gritos para conducir la recua que, pasando por la plazoleta de Santodomingo, se dispersó en la amplitud del atrio de la iglesia. Es en esa situación apremiante, cuando sus mulas se acercaban tercamente a la puerta de la Universidad, que el arriero grita con estridencia: “no se metan ahí porque las graduan”.  

Si el bufón que ideó esta historia, viviera hoy, no dudaría en cambiar el grito del arriero para indicarles a sus semovientes que no intentaran entrar a la universidad por la puerta de Santodomingo porque no las graduarían, pero les harían un homenaje y les impondrían una medalla a manera de cencerro.

Entre tantas malas cosas que nos dejaron los hispanos, nos enseñaron que los títulos, los escudos, las medallas, los pergaminos, las bandos, las resoluciones, los grados nobiliarios, otorgados pomposamente con discurso e himno incluido, producen efectos mágicos gratificantes, en el ego del destinatario, y genera jugosos réditos, a bajo costo, al que otorga la magnánima distinción.

Pues bien, en nuestra ciudad, nos acostumbramos desde épocas remotas a buscar títulos y escudos que demuestren al vulgo la excelsa calidad de los que habitan esta tierra, noble por mil títulos. En la medida que abandonamos la regencia y nos convertimos en un pueblo libertario, amante de la democracia, conservamos la fea costumbre de repartir títulos, homenajes y condecoraciones a diestra y siniestra. No hay personaje de nuestra vida provinciana que no pueda mostrar con orgullo patriotero, colgado en la sala de su morada, un blasón, una medalla o un trofeo que acredita sus habilidades, sus cualidades, pero casi siempre sus debilidades.

Gobernadores, alcaldes, políticos, politiqueros y politicastros, ostentan brillantes condecoraciones, producidas en serie, de metales no muy nobles, que han recibido o que han otorgado. Ahora la costumbre llegó a nuestra Alma Máter, tan flamante y discreta en otras épocas. El actual rector, que talvez no conoce la historia de la Universidad del Cauca, ha convertido el claustro de Santodomingo en la cueva de Santodomingo, no solamente porque la está utilizando ramplonamente para ponerla al servicio de sus aspiraciones políticas, sino porque la ha vulgarizado de tal forma que confirma los temores del arriero de la fábula. 

Mucho se habla de la mermelada que reparte la rectoría en forma de contratos, comisiones de estudio, viajes, puestos y distinciones habilidosamente distribuidas para ganar adeptos y eliminar criticas molestas. Preocupa que la comunidad universitaria, otrora crítica y polémica eluda la responsabilidad que tiene, de hacer el debate, para recuperar el lugar que le corresponde a la Universidad como guía espiritual, intelectual, científica, ética y moral de la sociedad.

Digamos con claridad que eso no ocurría hace algunos años. Los políticos tenían profundo respeto por nuestra Universidad. Duele ver cómo se ha vulgarizado su administración. Para nadie es un secreto, pues lo he oído de profesores y funcionarios que solicitan reserva, por temor a las represalias, que nadie llega a un cargo, o no asciende, si no lleva la recomendación de un dirigente político.

La presencia del rector en actos políticos de personajes cuestionados y cuestionables o francamente reconocidos como manzanillos de prácticas non sanctas, deja mucho que desear, de quien representa la dignidad y el decoro de nuestra Universidad.

En otras oportunidades me he dolido de esas actuaciones; hoy tengo que decir que el rector está pasando la raya y la comunidad universitaria no puede, por temor o complicidad quedarse callada. Hay que recuperar el Claustro que tanto orgullo representa para los caucanos y para los que pasamos por sus aulas. Lo he dicho y lo repito, el doctor Castrillón puede aspirar a lo que quiera, pero no puede convertir la Universidad en la cueva de Santodomingo, pues no está lejos el día en que los políticos resuelvan convertir el Paraninfo Caldas en una sucursal de sus directorios. 

Creo que vale la pena intentar salvar la última institución que nos queda y la que representa la única esperanza que tenemos para que las cosas cambien en el Cauca, pero si la sal se corrompe…. apaguen y vámonos.