LOS CIEN DÍAS

Martes, Abril 26, 2016 - 14:45

Algún desocupado, resolvió hablar de los cien días como un plazo prudencial para hacer, lógicamente sin ninguna lógica, la evaluación de los elegidos, y se volvió costumbre algo imposible: medir la capacidad de un gobernante y evaluar sus ejecutorias, inexistentes por supuesto, en el fatídico plazo.

Como eso me parece absurdo, y sobretodo inconveniente, porque los mandatarios, la mayoría de los cuales, piensan en todo, menos en lo que van a hacer cuando los elijan, entran en  esa camisa de fuerza y hacen el ridículo, pues nadie, que sepa algo de administración, puede pretender que en tres meses, el genio elegido, que a duras penas intenta enterarse del cúmulo de líos que hereda, pueda hacer algo. Hay los que llegan al colmo de rendir informe empastado sobre las luminosas tareas realizadas en cien días. Pero en fin, los políticos, que no son expertos en nada, se acomodan a todo y si les toca posar de estadistas  exprés, lo hacen sin sonrojo.

Personalmente me preocupan más los cien días de los que se fueron que de los que llegaron. No me imagino el síndrome de los cien días de quienes ya no tienen carro milagroso, lagartos, presupuesto y contratos para distribuir y que difícilmente acceden a los medios porque ya no distribuyen la pauta que genera elogios calculados. Conozco las luces del poder y las sombras del anonimato; por eso los compadezco de veras y por eso hoy les dedico estas líneas para decirles que todo el mundo no es ingrato, como Santos o como Pastrana, y que si todo sigue como hasta ahora, sus elegidos les pagarán con creces y ellos podrán volver. Así funciona esta  “democracia”.

Me preocupan, también, aunque en menor escala, los políticos que perdieron la gobernación y llevan cien días guardando silencio o  devanándose los sesos para treparse en el poder como  ciertos insectos que cuando los barren, ascienden por el palo de la escoba.  Inventaron al “empresario de la salud” para gobernador , para castigar a Temis por haber tenido la osadía de “mamarles gallo”, otra vez, e intentaron demostrarle que  con ellos no se juega. Todavía resuenan sus vehementes discursos denunciándolo por corrupción, por clientelismo, por complicidad en el asalto a la salud,  por los contratos espurios con fundaciones fantasmas, por su nepotismo, por los socios en el Tolima y en Panamá; en fin, difícil e innecesario repetir lo que dijeron en esa campaña, pero cuando perdieron la elección, perdieron también la voz, enmudecieron y por ninguna parte aparecen sus denuncias.

Lo incomprensible, para quienes no los conocen, es que  Iragorri, Salazar, Avirama, que es como el Iragorri de los indios, Cárdenas, Ospina y otros “expertos electores” para quienes el ingeniero  Campo era la reencarnación del demonio de Mercaderes, el Gobernador ya no es tan malo, y ahora, dizque en aras de la paz, tratan de colarse en el palacio de la cuarta para recuperar la posibilidad de recaudar los dineros que se necesitan para volver al Congreso, o patrocinar a parientes, en su “noble propósito” de supervivencia política.

Todo eso está bien, y aunque esté mal, a mi, particularmente, no me sorprende. Lo que la gente tiene que hacer es recuperar la sensatez, o por lo menos el sentido común, que como decía Quevedo, desafortunadamente es el menos común de lo sentidos, para no seguir siendo el idiota útil de la farsa. Los políticos tienen, en su desvergüenza, la licencia de montar esos escenarios, para mantener el poder y los privilegios que tienen y comparten con sus validos, pero la ciudadanía tiene la obligación mental de analizar su comportamiento y tomar decisiones pensando en el Cauca, en Popayán y en las nuevas generaciones, más que en las futuras elecciones, como lo dice ya, el refranero popular.

Yo entiendo que los aludidos se rasgarán las vestiduras y nos denostarán, pero soy un convencido que el sistema electoral actual es un cadáver insepulto con todos los vicios para hacer un sainete de la democracia y que, hoy por hoy, no hay garantías para que los ciudadanos podamos pensar, opinar y decidir, en contravía del perverso sistema de los avales, de los umbrales, de las financiaciones, de la forma de escogencia de candidatos a cargos de elección popular. Mientras las elecciones sean un remedo de los reinados de los colegios femeninos, donde  se elige a la que más plata recoge, nuestra democracia seguirá de luto por la muerte de los ideales y por el entierro de la dignidad.

Desde aquí, y mientras nos lo permitan, seguiremos clamando por la modificación de las costumbres electorales; pues si ello no se logra, la salud, la educación, los ancianos, las mujeres, los niños y todos los sectores más débiles de nuestra sociedad, seguirán siendo, al igual que todos los ciudadanos, víctimas de un sistema corrupto que al parecer tocó fondo y nos tiene hastiados.