TRISTES REALIDADES

Martes, Noviembre 22, 2016 - 10:15

Dos temas han ocupado la atención de algunos medios, que pueden pasar desapercibidos frente al cúmulo de noticias y de escándalos, de todo orden, que siempre copan la agenda diaria de los colombianos, acostumbrados tristemente a registrar, sin sobresaltos, los abusos que cometen contra los intereses públicos, funcionarios venales. Ojalá el escándalo Benedetti sirviera para que los colombianos, algún día, tomen la determinación de hacer un verdadero juicio de responsabilidades, que pase por la sanción social y el juzgamiento electoral, para que no se siga impunemente pisoteando la dignidad, ni se sigan, alegremente y con total descaro, fomentando los abusos de quienes debían ser paradigmas de la moralidad y la ética en el ejercicio de funciones públicas. Decepciona que, pese al alud de noticias escandalosas, los implicados y señalados no se den por aludidos y, muy campantes, sigan en lo que están: luchando por mantenerse en el poder, buscando jugosas jubilaciones y percibiendo escandalosos salarios, exentos de impuestos, que por extravagantes e injustos, atentan contra la pobreza y las necesidades de las grandes mayorías.

En este escenario surgen temas sobre los cuales recogemos algunas anotaciones, francamente aterradoras, que muestran las falencias de una sociedad enferma que, por estar en otros menesteres, no ha tomado la decisión política de aplicar correctivos  a dos fallas estructurales: la protección de la niñez y la lucha contra la pobreza.

Según la ONG, Save the Children, cada hora dos niños son abusados sexualmente, cada día mueren dos niños asesinados y cada día tres son abandonados, de acuerdo a datos de Medicina Legal. Como si no fuera suficientemente macabra esta estadística, estremece que la tercera parte de estos delitos los cometen los padres y otra tercera parte de ellos los cometen las madres. Si a esto le sumamos la tragedia del desplazamiento producido por la violencia, en nuestro país, que impacta a millones de compatriotas, encontramos que seiscientos mil niños han padecido esta diáspora en los últimos seis años. Para completar este cuadro de horror, según el ICBF, hay ciento quince mil niños, en su poder,  en proceso de restablecer sus derechos vulnerados por maltrato, abuso sexual, explotación etc., siendo mayormente afectadas las niñas.

Este sombrío panorama que uno ni siquiera imaginaba posible, se incuba en una sociedad con graves problemas de pobreza donde la falta de educación, la violencia, la corrupción, la delincuencia y la exclusión catalizan la descomposición social.

Si bien es cierto la pobreza ha disminuido, en Colombia, en los últimos años, pasando de 49.7% a 27.8%, según el DANE, la desigualdad que nos ubica, entre los diez países más inequitativos del mundo y el segundo en Latinoamérica, al lado de Guatemala, sigue siendo el punto negro de nuestra situación socioeconómica.

No cabe la menor duda de que el rezago de injusticia e inequidad por políticas económicas excluyentes, que concentran la riqueza, afecta a los sectores más débiles de nuestra sociedad como son los niños.

El país tendrá que tomar los correctivos de fondo que la sociedad reclama a gritos. En el Cauca, no tenemos estadísticas ciertas sobre los fenómenos de violencia infantil, y en cuanto a la pobreza, nadie se explica que sigamos ocupando los últimos puestos en la escala del desarrollo nacional. El año pasado la pobreza mostró las cifras más altas en Chocó, Guajira y Cauca, que involucran a más del 51% de la población en esos departamentos. En contraste, departamentos como Huila, Sucre, Córdoba, Cesar y Magdalena que, tradicionalmente compartían con nosotros los, nada honrosos, últimos puestos en la escala de los más pobres del país, han dado saltos cuantitativos importantes, con cifras que bordean el veinte y el veinticinco por ciento de su población que abandonó la pobreza, frente a un 6.2% de la población caucana que del 2002 al 2015, salió de ese estado. Impresiona nuestro vecino departamento del Huila que en el 2002 tenía un 69.6% de su población en pobreza, frente a un 57.8% que en  ese año tenía el Cauca. Hoy, mientras nosotros ostentamos un 51.8% de nuestra población en pobreza, el Huila tiene el 44.3% de su población, en esas condiciones.

¿Que pasó en estos trece años, cuando tuvimos la mayor inyección de recursos económicos que jamás habíamos tenido y que difícilmente volveremos a tener?

Habrá que hacer un análisis serio que le toca al Gobierno y a la Academia. Prima facie, lo que podríamos decir, quienes opinamos sobre estos temas, es que difícilmente podrá salir adelante un departamento donde su dirigencia se ha dedicado a comprar elecciones, a repartir condecoraciones y a fomentar el golf.